De orgullo y de miedo
Que mezcla de orgullo y de miedo,
ser el dedo que te toca, el que te besa en la boca,
la vaina de tu cuchillo.
Así dice Calamaro con toda la razón, los humanos somos tan tontos, tan complicados y tan parecidos al perro de Pavlov...
Explícome:
Supongamos que eres un ser al que por alguna razón le tocó por un tiempo prolongado estar del lado sufridor de las relaciones, y piensas que estas cosas del amor significan sufrirle, recibir el bolo reciclado de un bautizo en 14 de febrero, esperar a que te quieran, aguantar y seguirle sufriendo mientras preparas la siguiente táctica defensiva para que no te apuñalen de nuevo.
Entonces llega alguien que se interesa en tí y con quien todo es fluido, te sientes encabronadamente orgullosa, perfectamente bien... Pero seguramente ya estabas preparando la catapulta para aventar lejos a esa persona al primer indicio de un movimiento fatal, pero misteriosamente no hay muchas razones para usarla...
¿Qué carajos pasa?
¿No se supone que tienes que hacer un esfuerzo infinitesimal para que caiga en tus redes y después iba a seguir el momento en que te manda al birote? Claro... por eso ya tenías la catapulta lista, no te fueran a ganar. Nah, debe estar fingiendo y seguro va a sacar el cuchillo de la vaina en cuanto te descuides.
Y eso mis queridos educandos, es acostumbrarse a la mala vida, es estar tan condicionado como el pobre perro ese del tal Pavlov al que tanto jorobaban con el sonido de la campana y el premio.
De manera que cuando algo bueno pasa (y aplíquese al corazón o no) simplemente uno no se la cree, en ese punto hay de dos sopas: O la cagas, sigues diciendo que no puede ser y dejas ir una experiencia sea buena, mala o excelente; o te quitas el ejército de fantasmas que tienes encima y les dices que vayan a jorobar a otro lado porque tú quieres saber cómo es esto de la vida.
Yo digo que deberíamos probar cómo se siente, así nomás.



