De la inocencia
Mis navidades más felices fueron en la infancia, una que recuerdo es la que pasé en aquella casa grande que teníamos donde "el niño Dios" llenó la sala de juguetes para la niña más chica de la casa. Había un juego de cocina, dos muñecas, un costalito de figuras de madera para armar una ciudad, el triciclo Apache color rojo que pedí, varias Barbies con muebles para su casita, dulces, un cubo rubik, una plancha de juguete y muchas cosas más.
Mi papá me ayudaba a armar los juguetes más difíciles y mi mamá los acomodaba junto a los otros, era genial ese día en que llegaban tantas cosas mágicamente aunque pocas veces pude compartirlas. Después llegó mi hermana, a quien hasta la fecha he visto como una niña a pesar de que no lo es; entonces la vida era simple: más navidades y caprichos cumplidos, jugar, ir a la escuela y andar por la vida con toda la inocencia por delante.
A veces se me olvida que ya no somos pequeñas y que si antes teníamos a alguien que se hincara en el suelo a armar los juguetes con nosotros, ahora tenemos a un par de adultos que también se sientan a tratar de armarnos la vida y la inocencia se nos va acabando a cada paso. Me dí cuenta de eso hace unos días en un par de pláticas que todavía no puedo asimilar y me quedé con la sensación de que crecí en un mundito donde se tapa el sol con un dedo, y donde las ideas que he desarrollado hasta hoy, a veces no caben.


